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Así, cara a cara y sin ningún tapujo, mirándolos a los ojos, les digo; entendamos lo siguiente: Nosotros nos hicimos el firme propósito, no sólo de no impedirles realizar ningún acto, no sólo no impedirles realizar ninguna manifestación, si no de facilitarles los actos y demostraciones que quisieran hacer ustedes; cortándoles el tránsito y adoptando medidas de seguridad para que los actos los realizaran en la mejor forma posible, con todo orden y ambiente jovial, con el ambiente entusiasta que quisieran darle ustedes a los actos y que estuvieran revestidos de todo el brillo que ustedes anhelaban...
Psicoterapia
(17) Renuncia de Uriburu.
Vínculo a página Facebook
Segunda parte.
Subjefe de la Policía de la Provincia de Córdoba (14/07/1970 al 11/12/1970. Cinco meses).
El copamiento de La Calera, golpe importante dado por Montoneros, había ocurrido antes de que él asumiera la subjefatura. Esta fuerza no operó en Córdoba aquellos días de julio a diciembre de 1970. No tuvo relación alguna con la policía de San Martino.
La guerrilla revolucionaria estaba dando sus primeros pasos y los principales atentados se daban fuera de la provincia. Durante estos cinco meses sólo fueron detenidos cuatro guerrilleros, todos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), y por asaltar a un armero el 28 de noviembre de aquel año. Uno de esos cuatro, el “Negro Britos”, era amigo personal de uno de los hijos de San Martino, y éste lo visitó en la cárcel a pesar de la incomodidad de su padre. Aún todo era, como cosas de pueblo chico, o de familia grande.
Fuera de escena, las almas de los guerrilleros estaban siendo despojadas de sentimientos humanitarios. Más adelante se los vería; asesinando indefensos y por la espalda, poniendo bombas donde estudiaban jóvenes, torturando, secuestrando, ejecutando inermes policías y esposas de soldados sin razones fundadas… y esto, en aquel ámbito espaciotemporal que aquí se trata, aún no era algo que podría haberse sospechado.
En aquella provincia y en todo el período, in crescendo, los guerrilleros de ERP y FAL se dedicaron a asaltar policías para robar sus armas, camiones de leche como estrategia de propaganda y a realizar atracos para recaudar fondos. Se los confundía con delincuentes comunes.
Imperaba la independencia del poder judicial. La policía dedicaba sus esfuerzos a campañas contra la usura, la mafia de robos de autos, a dilucidar en cada asalto si se trataba de guerrilleros o de delincuentes comunes y, especialmente, a resolver el icónico caso Srur (6) (AH.01-07-70) (AH.30-11-70) (ver Archivo histórico en general del período).
Siempre ha sido difícil de explicar por qué la ultraizquierda desata sus peores iracundias sangrientas contra gobiernos nacionalistas presentando, en cambio, una resistencia pasiva cuando el capitalismo se ha adueñado del poder. La revolución comunista rusa, por ejemplo, se desató contra una monarquía nacionalista y no en la Europa occidental, especialmente Inglaterra, en donde el capitalismo y la revolución industrial hambreaban al proletariado. Y cuando comenzó la revolución comunista china, la que llevó al poder a Mao Zedong, quien gobernaba China era Chiang Kai-Shek, líder del partido Kuomintang (nacionalistas).
No fue excepción lo ocurrido durante el gobierno nacionalista de Onganía. Éste había logrado, tal como ya se comentó, un apoyo considerable en la masa obrera a través de la CGT. Ello, gracias a los grupos denominados colaboracionistas y/o participacionistas. En contraposición, aquellos que no representaban a la masa trabajadora, los estudiantes, eran fácilmente captados por la ultraizquierda como instrumentos de presión y violencia. Así, en aquel contexto nacionalista, se produjeron varias revueltas estudiantiles, especialmente en Córdoba.
En una oportunidad, luego de algunas refriegas, destrozos y detenciones, fue pronunciado un discurso a los jóvenes estudiantes por el mayor San Martino. Mirándolos a los ojos, cara a cara y sin ningún tapujo, expresando que la policía no era una mordaza, ni voces ni de ideas; afirmando que había una mano tendida para apoyarlos en sus festejos y conmemoraciones, pidiendo que no hicieran desmanes que obligaran a la policía al enfrentamiento, se pronunció aquel día.
Este discurso se publicó repetidas veces en radio, televisión, periódicos y hasta en revistas de orden nacional (revistas Gente y Siete Días). Con ello, ganó inesperadamente, popularidad y prestigio en casi todo el orden político moderado provincial.
Gracias a su capacidad de oratoria y apoyado por el gobernador Bernardo Bas, un hombre político y conciliador, aquella arenga había sido posible. San Martino allí mostró ser un hombre prudente, criterioso y dispuesto a la reconciliación.
De este profesor de liceístas y universitarios, se había así popularizado una imagen de apertura al diálogo. Parlamentaba con aquellos antiperonistas duros del entorno de Onganía. Igual hacía con los dirigentes peronistas. Ahora, demostraba haber escuchado a la juventud de izquierda y revolucionaria. Y, al mismo tiempo había reclamado, sin avergonzarse por ello, su derecho a ser escuchado.
A pesar de sus esfuerzos, con esto, se había ganado el rechazo de los activistas de ultraizquierda. Pues, encaminados a imponer una dictadura socialista en la Argentina, veían en la conciliación y esa mano abierta, un peligro para sus fines. Por similares causas, ya habían asesinado a Vandor y a Alonso, y este modus operandi no se detendría (7) (8) (AH.10-09-70) (AH.11-09-70) (AH.12-09-70).
San Martino mantuvo su posición de conciliador con el movimiento obrero organizado y moderado, llamados “participacionistas y negociadores”. Dentro de la CGT, los enemigos de estos últimos eran los gremios “combativos”, intransigentes y vinculados a las extremas izquierdas. En el ámbito revolucionario, se buscaba el enfrentamiento como medio para alcanzar fines. Esto llevó a San Martino a asegurar los actos sindicales organizados por las 62 organizaciones ortodoxas y los de la CGT Azopardo en Córdoba, los cuales en algún caso contaron con la participación de José Ignacio Rucci (ver archivo histórico). Estos actos se realizaron en total paz y armonía excepto, cuando los gremios combativos irrumpían y descontrolaban estas manifestaciones pacíficas. Acometían con abucheos hacia los oradores moderados provocando así el escalamiento de conflictos (9) (AH.10-10-70) (AH.17-10-70) (AH.18-10-70) (AH.28-10-70) (AH.14-11-70).
En dirección contraria a lo anterior, para octubre del 70, mientras se realizaba un evento por parte de las organizaciones sindicales moderadas (ortodoxos), una gruesa columna de SITRAC-SITRAM, avanzó “pacíficamente” en dirección hacia aquel acto.
Ambos sindicatos (SITRAC y SITRAM) habían sido copados por ideas de ultraizquierda, y la infiltración de la guerrilla en ellos (ERP), era una fundamentada sospecha. Que la marcha poseyera el objetivo de provocar el caos al llegar al acto de los no combativos, era una suposición aceptable. Había ya sólidos antecedentes al respecto.
San Martino, sin dar oportunidad al diálogo y sólo basándose en probabilidades, ordenó la represión de los manifestantes, cuando aún se mantenían en situación pacífica. El objetivo fue logrado rápida y totalmente, manteniéndose la calma en el acto peronista.
Aquella fue una decisión operativa, típica de un oficial de Estado Mayor. En ambientes de suma dificultad se toman decisiones ágiles, en busca de reducir las consecuencias negativas. Sin embargo, esto contrastó con su posición de negociador, conciliador y de apertura al diálogo.
Como consecuencia de aquello, se produjo la indignación y el odio de la ultraizquierda por el claro favoritismo y discriminación por ideología, lo que fue públicamente expresado en un comunicado del sindicato. Se había inscripto, sin desearlo, pero por su propia decisión, en la lista de enemigos cordobeses del ERP. Y, esta fuerza armada revolucionaria, no se olvidaría fácilmente de aquello (10) (AH.23-10-70) (AH.24-10-70).
Jefe de la Policía de la Provincia de Córdoba (11/12/1970 al 05/04/1971. Tres meses y medio).
El 29 de diciembre de 1970, a pocos días de haber asumido, una célula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), de ideología marxista leninista, realizó un asalto fallido a una sucursal bancaria. Durante el intento de atraco, asesinaron a sangre fría al cabo de la policía Eleuterio Sánchez —fallecido por las heridas el 07/01/71— mientras éste se encontraba desarmado, boca abajo y en el suelo. Siete balazos a quemarropa, tan sólo por haber levantado la vista para observarlos. Marcos Osatinsky, jefe de la célula extremista, habría sido el ejecutor, todo esto según la prensa. Luego, realizaron una fuga de características espectaculares por las calles de la ciudad ametrallando móviles policiales que iban en su persecución. Durante la huida, un proyectil que ingresó por la luneta impactó en la cabeza de Raquel Gelín. Ella sería la primera mujer guerrillera argentina muerta en combate. Seguramente, eso debe haber tocado la sensibilidad de sus compañeros.
Los guerrilleros, cercados por cada vez más patrullas del comando radioeléctrico, se parapetaron tras unos vehículos. En ese instante arribó al lugar el jefe de la policía y, prudentemente, pidió el alto el fuego. Inmediatamente, parlamentó a fin de evitar mayor derramamiento de sangre. Este gesto humanitario fue respondido con disparos causando la muerte del cabo Hugo Agüero quien, confiado en la bandera blanca, había expuesto su pecho a las balas enemigas. Finalmente, luego de recibir una profusa lluvia de balas, los cacos revolucionarios se entregaron en medio de llantos, según la nota periodística (11) (12) (F.43) (AH.29-12-70) (AH.30-12-70) (AH.02-01-71) (AH.06-01-71).
Mientras San Martino estuvo en la policía, sumando los tiempos de la subjefatura y de la jefatura (14-07-70 a 05-04-71), sólo hubo 14 guerrilleros detenidos. Los cuatro que asaltaron al armero ya citados (ERP). Los cuatro fallidos ladrones de banco y asesinos de policías indefensos, uno boca abajo y otro con bandera blanca (FAR). Y, a posteriori del presente relato, se sumarían seis más (ERP). Ni uno solo de FAL que también actuó durante este período. Montoneros y FAP, derivados de la izquierda peronista, como ya se dijo, no actuaron en Córdoba durante el período de San Martino en la policía. Esas últimas tres fuerzas armadas guerrilleras no aportaron, ni hubieran podido hacer, ningún aporte a la historia de San Martino. Y sólo hablarían luego de lo que otros les contaron.
No hubo más detenciones de guerrilleros en el lapso considerado. Esto invalida cualquier extensión, extrapolación, generalización y/o delirio argumental con que la guerrilla terrorista, siempre, ha pretendido justificar sus atrocidades.
Fue un corto período el de San Martino en la policía. Y con una guerrilla que no pasaba de ritos de iniciación y prácticas, estando lejos de actos de verdadero terrorismo, al menos en Córdoba. Quizás el asesinato que se realizaría el 29 de julio de 1971, sería el primero (Ah-30-12-70) (AH.29-12-70) (AH.12-01-71) (AH.11-03-71).
Pocos días más tarde, durante enero del 71, SITRAC y SITRAM (ERP), tomaron las fábricas y retuvieron rehenes, representando lo último un delito de una inusual extrema gravedad.
Ingresando desarmado a la fábrica tomada, San Martino acudió personalmente a negociar con los trabajadores. Mediante su riesgosa gestión personal, logró que los líderes sindicales se comprometieran a buscar una salida conciliada al conflicto laboral (18) (AH-15-01-71).
A pocos días de ese hecho, habría sabido por informantes infiltrados en los grupos guerrilleros, que había sido condenado a muerte. Al mismo tiempo y como justificativo de su futuro crimen, se inició una campaña de difamación en su contra.
La revista Confirmado, se entiende que contando con información privilegiada y luego de su fallecimiento, mostró la foto del jefe de policía durante el parlamento en aquel caluroso mes de enero y expresó: “La muerte rondaba su puerta”.
Confirma lo aquí plasmado, una nota escrita por el aquel entonces montonero Ricardo Roa en donde dice: "Estaba condenado desde el 29 de diciembre de 1970". (13) (18) (23) (F.2).
Paradojalmente, la afirmación del montonero Roa, lleva a la lógica conclusión de que ningún evento posterior a esa fecha (29-12-70), fue causal de su asesinato. Y, además, señalaría a los descontrolados asesinos de los policías indefensos; Eleuterio Sánchez y Hugo Agüero, como sus ejecutores (FAR). Ello, reforzando la lógica.
Lo anterior también invalida las posteriores justificaciones retóricas —por creativas que fueran— presentadas por el ERP, ya que fueron elaboradas con base en hechos ocurridos después de aquella fecha.
Demonizada a la víctima, se habilita simbólicamente la posibilidad de actos repugnantes. Esta estrategia no es nueva: forma parte de un patrón delictivo reconocible, presente incluso en crímenes extremos como los de agresores sexuales y homicidas.
En esos casos, la lógica consistente en culpar a la víctima, suele ser brutalmente reveladora: “Ella lo provocó. ¿Qué otra cosa podía hacer?"
El día 02/03/71 fue designado interventor de la provincia José Camilo Uriburu, en reemplazo de Bernardo Bas. Esto representó un inesperado endurecimiento de la política por parte del presidente Marcelo Levingston, amigo personal de Uriburu.
Durante la Fiesta Nacional del Trigo en Leones de ese año, a la cual asistieron el presidente y el interventor, este último dio su famoso discurso sobre “La Víbora”, de contenido perturbador y desestabilizante.
Conociendo personalmente a Levingston desde el Colegio Militar, aunque solo fugazmente, el entonces jefe de policía de la provincia, estando también presente aquel día, expresó su voluntad de renunciar al cargo directamente al presidente. Sin embargo, y por pedido expreso de Levingston, se mantuvo en el puesto hasta que el nuevo interventor encontrara a un sucesor de su confianza e ideas estratégicas.
Aquel discurso había sido dado en un tono disruptivo, poniendo a la provincia en curso hacia una oscura niebla, y sin posibilidad de retorno. Se había encendido la mecha en Córdoba que muchos, entre estos el mismo San Martino, intentaban mantener bajo la llave de la reconciliación (AH.02-03-71) (AH.08-03-71).
Una semana después, para el 12/03/71, SITRAC-SITRAM (ERP), provocó una revuelta en Ferreyra, barrio obrero industrial de Córdoba, lo que fue conocido luego como el “Ferreyrazo”.
Las columnas perfectamente organizadas por los dirigentes terroristas, según la información oficial del gobierno, provocaron destrozos, enfrentamientos con la policía, quemas de camiones, destrucción de bienes, explosión de una locomotora, corte de la Ruta Nacional N°9 y otros desmanes. Al cortar el principal acceso a la ciudad, ésta había quedado parcialmente incomunicada por vía terrestre.
La planificación y ejecución de estos actos (supuestamente efectuada por líderes guerrilleros), se habría realizado tan excelentemente, que se provocó un caos que fue noticia nacional.
San Martino dirigió, tal como era su costumbre, a sus efectivos personalmente.
Según consta en la nota del diario La Voz del Interior del 13/03/71, un portavoz de la guerrilla hizo saber a un reportero, que habían sido condenados a muerte varios miembros de la institución policial, quedando el periodista como testigo y su nota como documento.
Durante los disturbios falleció el joven obrero Adolfo Cepeda, quien no era miembro de los sindicatos, tampoco estudiante, ni guerrillero, sólo un humilde trabajador que observaba inocentemente aquel caos. Su muerte no habría tenido relación directa con la situación de fondo. Según el informe del Instituto Médico Legal, el cual depende del Poder Judicial y no del Ejecutivo, la causa de su muerte fue un disparo proveniente de un arma de bajo calibre (N°22), no perteneciente a la policía. Por otra parte, las fuerzas revolucionarias dijeron que la muerte la habría causado un agente de la repartición policial y responsabilizaron de esto al jefe de toda la Policía de la Provincia de Córdoba. Las versiones de los supuestos testigos difieren entre sí y no resultaron convincentes.
Y, como colofón, la CGT Nacional, por medio José Ignacio Rucci, responsabilizó de esta muerte a los sindicatos combativos organizadores del caos —SITRAC y SITRAM— (14) (15) (16) (AH.14-03-71) (AH.16-03-71).
Del día 12 en Ferreyra, las acciones se desplazaron al 15 de ese mes. Este día sería conocido como el "Viborazo”. Los activistas provocaron desmanes, saqueos, quemas, barricadas, destrucción de bienes públicos y privados. Esto tuvo como coadyuvante la inacción de la policía de la provincia de Córdoba.
Rehusándose a acatar las órdenes impartidas directamente por el interventor Uriburu, San Martino mantuvo a su policía en una situación pasiva. Se le habría exigido una muy dura represión. Según una fuente de su círculo íntimo, no le habría sido posible conciliar sus valores humanos y cristianos con el tipo de represión ordenada por el interventor.
Lo anterior, es fácilmente verificable en la renuncia pública a su cargo hecha por el propio interventor Uriburu quien culpó de todo al jefe de Policía: “por no haber realizado la represión exigida”. Además, fue refrendado por el sindicato de los ferroviarios, La Fraternidad.
Todo lo anterior, llevó a elaborar la teoría, el día de su asesinato, de que había sido ejecutado por militares de extrema derecha en venganza por haber provocado, de manera indirecta, la caída de Uriburu. Hipótesis poco probable, pero sostenida por gente de opinión ante la revista Confirmado (17) (18) (HA.16-03-71) (HA.17-03-71) (HA.19-03-71) (AH.20-03-71).
La ultraderecha gorila y dictatorial de 1955, lo había dado de baja de su amado ejército, sometido a una consecuente pobreza a su familia y mantenido preso dos años. Ahora, la ultraderecha nacionalista era sospechada de su homicidio, sólo porque él no había podido cumplir órdenes que consideró inaceptables. Finalmente, sería cobarde y brutalmente asesinado, en este caso, por la ultraizquierda.
Se puede decir, de acuerdo al párrafo anterior, que corrió con la misma suerte del pueblo argentino. Fue hecho girones por los diversos y sangrientos extremos que siempre han buscado la aniquilación de los diferentes. Era un argentino más, un cordobés más, uno más... Sólo que a él, siempre, le tocaba bailar con la más fea.
Uriburu renunció el día 17/03/71 y San Martino se mantuvo en su cargo, por órdenes superiores, hasta dimitir ante las nuevas autoridades el día 05/04/71.
Así la vida, pareció alejarlo del ojo de la tormenta sociopolítica de los setenta, desatada en su Córdoba natal. Había estado participado activamente de las acciones tendientes a neutralizar conflictos que habían ido escalando, al menos con los gremios clasistas, desde octubre del 70 (AH.03-04-71) (AH.06-04-71). Ya podía regresar a su vida de profesor.
El nuevo interventor, Helvio Guozden, posteriormente, lo designaría, el 16 de julio de 1971 director general del Servicio Penitenciario Provincial, ejerciendo este cargo por sólo trece días.
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Tercera parte.
Su asesinato 29/07/1971, 12:40 horas.
Fue un jueves, frío, gris, que prometía llovizna.
Julio R. San Martino, de cuarenta y nueve años, retornaba del trabajo al medio día, como lo hacía siempre, para almorzar con su familia. Eso era parte de su vida de esposo y padre. Fue en esos instantes en que, al detenerse y dar paso a los automóviles que venían detrás de él, para luego girar, hacer la maniobra diaria e ingresar al garaje, ocurrió aquello. Emergiendo de una ventanilla, por sorpresa, por la espalda y con una escopeta recortada en sus manos, el verdugo, apuntó a su sien. Todo esto, a menos de un metro de distancia. Le dispararon dos balazos Breneeke, de un solo proyectil por disparo. Estos fueron directo a la cabeza provocando su destrozo y repartiendo su masa encefálica por todo el vehículo. A esa hora toda su familia lo esperaba para almorzar. Dado el minucioso y largo proceso de estudio, preparación y ejercitación del operativo, quedó claro que hubo total insensibilidad —o una poco probable, pero posible intencionalidad— ante el hecho que sus familiares lo vieran así. Tenía la cabeza abierta, su materia gris diseminada por el interior de su automóvil y manaba un hilo de sangre que caía desde su nariz sobre su falda. Esto último, dado que su corazón continuó latiendo unos instantes.
¿Quién y por qué, habiendo tantos escenarios posibles, eligió el lugar y la hora en donde aquel acto brutal se entregaría como un macabro obsequio a su familia?
Fuentes policiales dedujeron que participaron del operativo unos 20 efectivos guerrilleros y al menos 5 vehículos. San Martino quedó con ambas manos caídas desde el volante sobre sus muslos y con la pistola enfundada. Murió ajeno a los sucesos y no supo lo que ocurriría. Esto consta en las fotos periodísticas de la fecha y surge de declaraciones fidedignas de sus familiares, primeros testigos de lo ocurrido. Se puede apreciar en una foto que uno de los dos disparos atravesó el parante del automóvil. Por sorpresa y por la espalda (F.1) (AH.29-07-71) (AH.30-07-71) (AH-31-07-71).
La campaña de demonización que se realizó en su contra desde el inicio del plan, y que culminó con muy débiles razones expresadas en el comunicado, fueron por demás insuficientes. Sólo la cobardía y una inseguridad visceral, podrían justificar tanto. Fue emboscado, atacado a traición, su arma de oficial del ejército enfundada y hacía meses que ya no estaba en funciones en la policía, sin ninguna otra fortaleza que la pudiera emanar de sí mismo (19).
Quiénes.
Nunca se estableció oficialmente quiénes fueron sus asesinos, ni las motivaciones de tan feroz y planificado asesinato, pero hay suficientes elementos como para realizar una estimación profana.
Fue emitido un comunicado fundamentación adjudicándose el atentado uno de los tantos grupos pertenecientes a las organizaciones, en aquel momento vinculadas, FAR, FAP y Montoneros (19). Este contexto es algo amplio, pero ya delimita y excluye. Asimismo, la veracidad de aquella publicación nunca fue desmentida, lo cual se considera relevante.
Se debe tener en cuenta que, en el órgano de prensa de la trotskista EPR, Estrella Roja N°5 y N°6, esta fuerza guerrillera reproduce el comunicado declarando que ellos no cometieron el crimen. Con ello, una de las exclusiones señaladas en el párrafo anterior, sería ratificada. También, sin desmedro de lo dicho, es muy probable que los continuos enfrentamientos estratégicos entre Julio San Martino —por medio de la policía de Córdoba— y el ERP —por medio de SITRAC–SITRAM—, llevaran a esta fuerza guerrillera a dar algún tipo de impulso y apoyo al grupo ejecutor (19).
Por cuerda separada y como ya se dijo en este trabajo, analizado el período de San Martino en la policía de Córdoba, no se hicieron operaciones en toda la provincia ni como Montoneros ni como FAP. Ambas organizaciones de izquierda derivadas del peronismo no poseerían un factor motivacional intrínseco para proceder en ese sentido. Por lo expuesto, sería coherente pensar que las altas esferas del comando unificado —FAR FAP Montoneros—, solamente, podrían haber dado el visto bueno al atentado, pero no ejecutarlo a través de elementos propios. Y ello, por considerarlo como un proyecto para alcanzar un objetivo estratégico (factor motivacional extrínseco). En palabras simples, no habrían tenido razones personales para proceder. Sólo lo habrían aceptado, según esta hipótesis, para obtener algo valioso a cambio, sembrar el terror en ciertos ámbitos, por ejemplo.
Igualmente, no debe descartarse que, debido al hermetismo total que poseen los atentados terroristas, las cúpulas de Montoneros y FAP, se hayan enterado una vez consumado el hecho. Y ello, siendo ya tarde, tanto como para detenerlo, como para eludir responsabilidades.
Montoneros, en 1973 asesinó a Rucci para demostrar, de manera primitiva, el rompimiento con el líder del peronismo. Dos años antes de aquella ruptura pública, en 1971, asesinando a alguien de confianza de Perón, hubiera sido un acto estúpido por parte de Montoneros o de FAP. No había odio porque ellos no habían interactuado con esa policía, como objetivo estratégico no se lograba demasiado y los separaría de un cierto número de cordobeses leales a Perón desde la hora primera.
Sobre la ideología, grupo y célula autora del crimen, la probabilidad más alta la posee la hipótesis de que haya sido una célula de las FAR, marxista leninista. La posición de San Martino era decididamente antimarxista. Además, sí, hubo cuatro detenidos de FAR en su período. La hipótesis planteada es apoyada tanto por Juan B. (Tata) Yofre (20), quien fue director de la SIDE —Secretaría de Inteligencia del Estado—, como por Héctor Vergés (21) —jefe del Comando Libertadores de América (lucha antisubversiva)—, en sus libros, ya que le adjudican el asesinato a una célula específica de las FAR. Y ella sería la conducida por Marcos Osatinsky. Así mismo, considerando que el día 29 de diciembre de 1970, esta misma célula de las FAR había demostrado que no necesitaba colosales razones para asesinar (*), todo lleva a considerar como muy probable que hubiera sido ésta la que cometió el crimen (19).
(*) "El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Ernesto Che Guevara.
Tal fue el caso del agente Eleuterio Sánchez, asesinado aquel doloroso, triste y sangriento 29-12-1970. Habiendo recibido una ráfaga de siete balazos en la espalda y a quemarropa, se lo privó de la vida. La inútil ejecución se realizó delante de todos los empleados y clientes del banco que estaban allí. Y, haber levantado la vista para observar a los cacos terroristas, habría sido el motivo para condenarlo a muerte.
Tanto Vergés como Tata Yofre en sus libros, aseguran que el operativo de ejecución de San Martino se habría denominado Sonia I. También, que luego este mismo grupo habría asesinado, en operativo llamado Sonia II, al general Juan C. Sánchez. Dicen esos autores finalmente que habrían organizado el operativo Sonia III destinado a asesinar al general Elvio Anaya. Ello, porque según informes que habrían recibido, éste iba a ser designado teniente general de su arma. Más adelante, habrían abortado Sonia III porque se habría sabido que quien ascendería sería otro Anaya, Leandro E. Anaya
Aquí vale la pena preguntarse:
¿Acaso, “Sonia”, sería el nombre de guerra de Raquel Gelín?
¿La motivación de tanto homicidio era expiar culpas porque el automóvil marca Torino previsto para la fuga nunca arrancó?
Aquel 29/12/1970 planificaron escapar en un automóvil que no pudieron poner en marcha cuando lo necesitaron. La primera guerrillera argentina muerta en combate fue el diploma honorífico alcanzado aquel día. Asesinaron a un policía que se encontraba boca abajo. Mientras se parlamentaba con bandera blanca dieron muerte a otro. Se dejó heridos a tres policías más y, uno de ellos, quedó inválido por un tiro en la columna. Dos mujeres y tres niños fueron mantenidos secuestrados como rehenes. Ellos lanzaron granadas de guerra que no explotaron, afortunadamente. Los cuatro hubieran sido acribillados si no hubiera llegado el jefe de la policía de la provincia de Córdoba solicitando el alto el fuego y, parlamentado para evitar más muertes. Lo más crítico: No lograron sacar ni un peso del banco, salieron con los bolsillos vacíos. Y, cuando quisieron huir, el vehículo no les arrancó. ¿Acaso se habrían olvidado de cargar combustible?
¿Alguien sería capaz de creer que estaban en condiciones de portar armas?
¿El posible ascenso a teniente general del ejército era un motivo humanamente concebible para asesinar a Elvio Anaya?
¿Y si el informante no llagaba a tiempo con la corrección del futuro ascendido, hubieran asesinado al Anaya equivocado? Se ve probable.
Quizás no fue por cobardía que, contra un San Martino desarmado, distraído y por la espalda, fueran veinte contra uno. Posiblemente, sólo haya sido la única manera que tenían para asegurarse de no fallar nuevamente. Si un vehículo se negaba a arrancar, habría cuatro más, por las dudas. Y, también, si estaban asesinando al San Martino equivocado, alguno de los veinte se daría cuenta, y a tiempo para asesinar al otro. Se trataba de asegurar el operativo. Y esto, dejando un tendal de inocentes muertos en el camino, tal como lo habían hecho aquella vez.
Lo que todo esto sugiere, es que no estaban a la altura de tomar decisiones de nivel tan alto, como lo es decidir sobre la vida de las personas.
Ahora, eso sí, evidenciaron carecer de valores humanos.
Este tipo de sujetos, suelen obtener sentido de confianza en sí mismos, y logran definir su lugar en el mundo, al saborear el poder de decidir quién conservará la vida y quién ha de perderla.
El jefe de aquella célula que asaltó el banco era Marcos Osatinsky, quien además habría disparado aquella exagerada ráfaga contra un indefenso Eleuterio Sánchez. Así mismo, durante la fuga de Trelew, también asesinó de un disparo a quemarropa a un guardiacárcel, Juan Valenzuela.
No necesitaban colosales razones para asesinar. Obviamente no eran profesionales y, posiblemente, creían que inspirando un gélido terror aquello podría disimularse.
Seguramente, habían sido preparados y entrenados para ser convertidos en: "efectivas, violentas, selectivas y frías máquinas de matar". Pero surge una pregunta adicional: ¿Acaso no se les debería haber enseñado algo más que el asesinato? (11) (20) (21) (AH.29-12-70) (AH.30-12-70) (AH.02-01-71) (AH.06-01-71).
Por qué.
Aquellos que hubiesen sido convertidos en: “Efectivas, violentas, selectivas y frías máquinas de matar”, obviamente, carecerían de razones mundanas para el asesinato.
Guevara no buscaba un sujeto que odiara todo el tiempo. Él procuraba: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo”. Más bien, se pretendía que algunos fueran moldeados por el odio hasta que ya no necesitaran sentirlo para actuar según él. Ante la imagen del enemigo “demonizado”, se activaría un proceso tendiente a la eliminación del pobre desgraciado que, involuntariamente, fuera pasando por allí, permitiendo la canalización de tanta luciferina emoción acumulada.
Dentro del grupo se creará una realidad intersubjetiva. Ésta podrá ser alógica para los no pertenecientes, pero para los miembros resulta su realidad.
En contextos revolucionarios, el odio se institucionaliza: se convierte en doctrina, se ritualiza en discursos, se alimenta con imágenes del enemigo, y se refuerza mediante la repetición. Narrativas, símbolos y rituales serán necesarios para lograrlo. La "Demonización", al inicio del proceso será imprescindible para generar ese "odio".
Será promovida la desconexión emocional con el acto, como un odio que ha sido congelado en la mente del sujeto. La emoción, inicialmente viva, será solidificada dejando una glacial y estática estructura en lo profundo del tejido neuronal. Se habrá convertido al guerrillero en una gélida máquina de matar.
No vale la pena buscar razones ni emociones para los atentados terroristas. Una dictadura socialista de ultraizquierda se impondría sobre la sociedad argentina. La razón y la emoción de orden superior serían vindicados al alcanzar la meta. Los medios, se justificarían por la finalidad.
¿Por qué José Ignacio Rucci? Un acto aberrante, sólo lanzado como saeta directa al corazón de Perón. ¿Mor Roig? Él era un exdiputado radical trabajando para el gobierno de Lanusse. Después de su asesinato, ningún radical se acercaría a Lanusse o no podría sentarse a tomar un café en un lugar público.
Hubo más de mil argentinos aniquilados por la subversión. De sus homicidios, ya se sabe el por qué. No hay nada que indagar. Eran frías máquinas de matar guiadas con el fin de crear el terror, buscando así desestabilizar la sociedad, esto, destinado a establecer una dictadura socialista de ultraizquierda en argentina.
A pesar de lo irrefutable de los párrafos anteriores, siempre habrá matices. Aquí, entonces, se explorarán algunos de ellos.
Todo indica que sus asesinos observaban demasiado e inexplicablemente la figura pública de San Martino. Y, esto, podría indicar motivaciones personales subyacentes e incomprensibles. Ejemplo: ¿Por qué miraban tanto su pistola? San Martino era un oficial del ejército, con permiso para portar armas y, por si fuera poco, era el jefe de una policía de 10.000 efectivos. ¿Por qué les llamaba tanto la atención su pistola? Hasta en el comunicado fundamentación de su crimen insisten en hablar de ella. Quizás habría que hablar con un experto en temas de simbología de lo subyacente. Podría sugerir algo interesante.
En cuanto a matices, se puede decir que podría haber habido varios impulsores insospechados, seguramente sorprendentes para muchos. Pero hay dos motivadores típicos que sería prudente explorar aquí:
Odio a lo que San Martino era en lo general y odio a lo que San Martino era en lo personal
Sin lugar a duda fue, en lo general, un crimen estratégico. Ese día, las FAR, hubieron asesinado a un oficial del ejército, dando con ello un golpe a esta arma. Y, extrapolando un poco más, a las FF.AA. Así mismo, hubieron matado a un peronista de la primera hora, antiguo. Éste, alguien que había pasado dos años en la cárcel por ser peronista. San Martino era de plena confianza de Perón. Ahora, siendo de centro y/o de centro derecha, mediante su muerte, se pondría en alerta a todo el peronismo decididamente antimarxista al saberse objetivos probables. También era un golpe a las policías provinciales por haber sido jefe y subjefe de la policía de la provincia de Córdoba. Igual lo sería para los nacionalistas, porque la víctima había trabajado en cargos públicos durante los gobiernos de Onganía y de Levingston. Por si fuera poco, el ejecutado, gozaba de gran popularidad en Córdoba. Ello derivado de su sincera arenga a los estudiantes en sus épocas de subjefe. Su brutal crimen llamaría la atención de muchos en su ciudad, generando pánico en algunos sectores. Su crimen sería recibido como un mensaje inspirador de terror para todo lo que representaba San Martino, especialmente, para quienes poseyeran perfiles similares. Y, a pesar de que el pavor llevaría a la mayoría a buscar deslindarse de cualquier cercanía con el muerto, se podía identificar a muchos con él.
A pesar de lo afirmado en el párrafo anterior, aquel día era un hombre solo, en su auto particular, camino a su casa, distraído y con sus dos manos en el volante. El riesgo era casi nulo, pero podría aparentar un golpe a muchas instituciones argentinas y a un gran número de argentinos.
Asesinar a un policía indefenso, a un gerente de fábrica, a un político conciliador o a un gremialista colaborador, eran objetivos diarios del guerrillero. Ningún policía querría verse indefenso. Todo gerente de fábrica contrataría servicios especiales de seguridad. Los políticos de perfil conciliador preferirían no acercarse al gobierno. Y los gremialistas colaboradores optarían por irse a sus casas.
Las pandillas de delincuentes actúan de igual modo. “Si no pagas la renta, mueres”.
Quizás, también, encontrando los puntos que tenían en común las víctimas de asesinato planificado de la guerrilla del setenta se podrían encontrar motivaciones más profundas.
San Martino, salvando las grandes distancias y sin pretender hacer ningún tipo de comparación, pertenece al grupo de víctimas de asesinatos de aquellos años. Estos fueron argentinos que pretendieron volver a unir al Ejército con la clase obrera y/o que se mantuvieron moderados durante los gobiernos nacionalistas “azules”, de Onganía y de Levingston. Y aunque esas víctimas fueron muy diferentes entre sí, es posible que exista un hilo conductor.
Para alcanzar el poder e instaurar una dictadura guevarista, la ultraizquierda precisaba la guerra civil. En ese escenario, la reconciliación entre las Fuerzas Armadas argentinas con una gran e importante parte de su pueblo, rota en el cincuenta y cinco, representaba una seria amenaza a los fines revolucionarios (22) (23) (Página Quienes y por qué según nota de Ricardo Roa).
En lo personal, también lo odiaban. San Martino era alguien urticante para la guerrilla. Los desestabilizaba ese estilo, casi único, del jefe de policía. Estando siempre en el frente, conduciendo a sus efectivos in situ y saliendo del escritorio.
Observaban de manera casi obsesiva su figura. Ello puede verse al leer detenidamente y a profundidad el Comunicado (19). Además, se habían protegido los actos de sindicalistas no combativos (peronistas y otros) de los ataques de los gremios combativos (ultraizquierda) (9). Y, siendo subjefe, había dispersado las columnas de SITRAC - SITRAM (ERP), evento ya citado. Lo odiarían por ello y lo dieron a entender públicamente (10).
En el Ferreyrazo, estaba allí, presente, responsabilizándose de todo. Y, aprovechando la oportunidad para demonizarlo, le adjudicaron la muerte injusta e innecesaria del joven obrero Cepeda. Éste habría recibido una bala calibre N°22 —Según el Instituto Médico Legal que depende del Poder Judicial y no del Ejecutivo—. El mismo tipo de bala que, el policía Juan Domingo Faro, recibió en la cara aquella tarde. Pero del policía Faro, ERP no dijo nada, una omisión tendenciosa. Por otra parte, el relato apócrifo del ERP sobre los sucesos fue improbable. Pero si hubiera interpretado fielmente lo que ocurrió aquel día, a San Martino, sólo le podría haber correspondido alguna responsabilidad, pero nunca culpabilidad. La versión del ERP describía a un policía ingresando, de pronto y sin motivos en estado demencial, dando muerte a un inocente distraído que miraba los desmanes. Algo así, exculparía a San Martino. Lo que habría hecho el supuesto policía enajenado, sin lugar a duda, no habría correspondido a una orden de su jefatura inmediata. Mucho menos podría haber derivado de una orden del jefe de toda la policía de la provincia de Córdoba. Se habría realizado un acto personal, disparatado y contrario a lo que hicieron cientos de policías ese día. Todo ello evidencia que San Martino fue calumniado por sus victimarios para demonizarlo. De algún modo y anticipadamente, se habría intentado justificar ante la sociedad aquel acto cobarde. Su homicidio ya había sido decidido meses antes, y en julio del 71 se acabaría con la vida de un soldado que jamás se hubo manchado de sangre. A pesar de todos sus sufrimientos, él nunca ensució sus manos.
Por si todo esto fuera poco para que lo odiaran como persona, durante el Viborazo, su policía hizo contención, pero no reprimió las revueltas. Se negó a realizar una represión brutal, tal como se lo había exigido el interventor Uriburu. El mismo interventor redactó y recalcó esto en su renuncia a la gobernación de Córdoba.
Es más, se invita a la lectura del relato de Anselmo Cipriano Campos. Cuando la policía estaba por comenzar una abrumadora balacera dirigida a cuatro asesinos acorralados de las FAR, arribó al lugar San Martino. Inmediatamente, dio órdenes de alto el fuego. Los demenciales y frustrados cacos-guerrilleros habían asesinado ya a un policía indefenso y herido a tres más. También habían perdido a una combatiente. Encontrándose cercados se les ofreció parlamentar con bandera blanca. El mismo jefe de policía les ofreció rendirse y salvar sus vidas. Estos respondieron con disparos dando muerte al inerme policía del comando radioeléctrico Hugo Agüero. En respuesta, la policía abrió fuego y, recién en ese instante, entre alaridos y sollozos, gritaron que se rendirían. Lo siguiente es aún más relevante. La policía de Córdoba, con San Martino presente, aceptó esta rendición ya tardía, para Hugo Agüero y su familia. "Nunca pude entender que fueran estos mismos tipos, a quienes San Martino les salvara la vida, los que lo asesinarían después y tan cobardemente" (paráfrasis correspondiente a palabras de Anselmo Cipriano Campos (22)). Esos cuatro asesinos, gracias a San Martino, no murieron aquel día, pero luego justificaron el alevoso crimen porque dijeron que habían recibido malos tratos por parte del personal policial y que, San Martino, "era quien conducía esa policía" (19).
Quizás, haber salvado la vida a esos cuatro de las FAR, haya sido un gran error… para muchos, pero no sería así para Julio Ricardo San Martino. Él nunca se quebraría. Jamás mancharía de sangre sus manos y se iría de esta tierra sabiendo que, hasta el último minuto, había cumplido con sus principios éticos, valores morales y con la Virgen de la Merced, su guía espiritual.
Hubo sólo 14 guerrilleros detenidos en todo el período de San Martino en la policía de Córdoba, diez de EPR y cuatro de las FAR. Sólo los de las FAR, los asesinos de policías indefensos, Eleuterio Sánchez y Hugo Agüero, denunciaron malos tratos. Tal como permitía la ley de aquellos días, en menos de una semana de reclusión, los cuatro estuvieron en manos de sus abogados, médicos y con acceso al Poder Judicial. La denuncia por malos tratos no prosperó en la Justicia, eso dice, poco o mucho, pero dice. Todos, los catorce, especialmente los cuatro asesinos, vivieron; todos sanos y salvos. Osatinsky siguió asesinando (al menos a Valenzuela), y si él y otros más de los catorce, no llegaron a viejos fue porque decidieron continuar con sus matanzas. Todo esto ocurriría luego del indulto de 1973, en democracia y cuando la víctima, Julio Ricardo San Martino ya sólo era un recuerdo para quienes lo conocieron y para quienes lo amaron.
La medalla.
Sin desmedro de lo expresado en el apartado anterior, este sencillo repaso sobre su vida nos habla de que la causa fundamental de sus presidios, acosos, persecuciones, infamias, calumnias y muerte; fue tratar de servir fielmente a su triple norte: su Patria, su Ejército y su Pueblo. Esto, desde el año 1955 hasta 1971 fue extremadamente difícil. Y más especialmente lo fue servir al mismo tiempo a los dos últimos (ejército y pueblo). A pesar de ello, su lucha sin claudicar y dedicación a los tres, lo hicieron merecedor a la “Medalla de Plata al Honor Militar”.
El legado.
Lo llamativo de San Martino es que, a pesar de ser un hombre preparado para la guerra, se llevó, a esa comarca ubicada más allá del espacio-tiempo, la gratitud y afecto, que luego de medio siglo aún se puede escuchar, de soldados, cadetes, policías, alumnos y seres cercanos de corazón humilde que lo tuvieron como orientador y/o jefe, por el impacto positivo que tuvo en sus vidas (12).


